2001 - El tamborileo


(extracto del capitulo del mismo nombre del libro Nacimiento, Apogeo Y Caída De Abyssport, La Maldita, de próximo lanzamiento)

Nadie sensato permanecía en Whispering Grove cuando comenzaba el tamborileo. Nadie en su sano juicio abandonaba Abyssport por la noche, y mucho menos cuando el bosque “latía”…

Al principio era apenas un murmullo lejano, un susurro casi imperceptible que parecía surgir desde las raíces mismas del bosque. Luego llegaban los golpes, lentos y profundos, como si algo oculto bajo la tierra, sobre las ramas de los añosos árboles, dentro de los troncos nudosos, marcara un ritmo antiguo que sólo los árboles eran capaces de comprender. Los habitantes de la región conocían aquella advertencia desde hacía generaciones y jamás discutían su significado. Cuando el bosque comenzaba a tamborilear, era momento de refugiarse. Porque cosas malas reptaban en Whispering Grove.

Aquella noche, sin embargo, un niño caminaba por el sendero serpenteante que atravesaba el corazón del bosque. Era delgado, pálido, de cabello negro azabache, tan oscuro como las sombras que se acumulaban entre los troncos. Avanzaba solo, observando inquieto la espesura que se extendía a ambos lados del camino. Cada tanto giraba la cabeza, como si creyera escuchar algo siguiéndolo, y sus manos temblaban de manera casi imperceptible mientras continuaba avanzando. A su alrededor, las sombras parecían moverse.

Algo corría entre los árboles. Algo grande. Algo que desaparecía cada vez que intentaba distinguirlo con claridad.

El niño tragó saliva y se relamió los labios. A medida que el tamborileo se volvía más intenso, también parecía aumentar su nerviosismo.

Fue entonces cuando apareció el hombre. Había oído las historias sobre Whispering Grove desde niño y conocía perfectamente las supersticiones que rodeaban al bosque. Sin embargo, al descubrir aquella pequeña figura caminando sola en medio de la oscuridad, sintió que no podía abandonarla a su suerte. Durante varios minutos siguió al muchacho desde cierta distancia, observando cómo las sombras se deslizaban entre los árboles más allá del sendero. Entonces escuchó el tamborileo y un escalofrío recorrió su espalda.

Supo que era demasiado tarde para marcharse. Intentó convencerse de que no era más que un cuento absurdo, una de esas historias inventadas para asustar viajeros o mantener alejados a los niños curiosos. Sin embargo, algo había cambiado. El aire parecía más pesado. El silencio se había vuelto antinatural. Incluso las sombras mostraban un comportamiento extraño.

Y fue entonces cuando comprendió algo que le heló la sangre. Aquellas figuras que se movían entre los árboles no estaban cazando. Estaban huyendo. Una tras otra desaparecían entre la espesura, alejándose del sendero con una desesperación imposible de confundir.

El niño se detuvo y lentamente giró la cabeza. Sus ojos encontraron los del hombre y éste sintió que la respiración se le detenía por un instante. Era una mirada extraña y antigua, imposiblemente antigua, como si hubiera contemplado el nacimiento y la muerte de incontables generaciones sin experimentar jamás el paso del tiempo. El tamborileo resonó una vez más, aún más fuerte. Más cercano…

El hombre quiso correr, pero sus piernas se negaron a obedecerle. Quiso hablar, preguntar quién era aquel niño y qué estaba ocurriendo, pero ningún sonido logró abandonar su garganta.

Entonces el muchacho sonrió.

Y durante una fracción de segundo, el hombre creyó percibir algo inmenso observándolo desde detrás de aquellos ojos oscuros; algo antiguo, insondable y hambriento, algo cuyo nombre los árboles de Whispering Grove aún recordaban.

Xhaevh había despertado.

Y tenía hambre.

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