Luciano tenía veinticinco años y vivía desde siempre en Abisso, una ciudad pequeña de Italia que parecía guardar secretos en cada piedra húmeda de sus calles. Trabajaba reparando artefactos electrónicos en una tienda especializada, y aunque sus compañeros lo apreciaban, él seguía siendo callado, tímido, sin amigos propios. Esa noche aceptó acompañarlos al pub local, más por compromiso que por deseo.
El bullicio del lugar lo abrumaba. Entre risas y vasos chocando, decidió salir por la puerta trasera para tomar aire. Afuera, la noche era espesa: no había luna, y una bruma densa cubría el callejón como un sudario. El farol más cercano parpadeaba, apenas iluminando la humedad que se deslizaba por las paredes.
Fue entonces cuando la vio. Una joven de espaldas, inmóvil, con un vestido oscuro que parecía tejido de sombras. Su cabello, largo y pesado, caía como un velo hasta la cintura. Frente a ella, un hombre alto, de silueta rígida, envuelto en un abrigo que rozaba el suelo. Su presencia era antinatural, como si la bruma se hubiera reunido para darle forma.
De pronto, el hombre la tomó con violencia y hundió su rostro en su cuello. No hubo resistencia. No fue un gesto romántico, ni siquiera humano: fue un acto frío, depredador. La muchacha permaneció inmóvil, como si estuviera entregada a un destino inevitable.
Luciano sintió cómo el miedo lo paralizaba. Su respiración se volvió un jadeo, y las piernas casi no lo sostenían. Entonces, el hombre levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos eran verdes, pero no un verde vivo: un verde enfermo, viscoso, que se extendía incluso en la parte blanca. Y en ese instante, el ente lo vio.
El ser se estremeció. Algo en Luciano lo perturbó, lo asustó. Con un gesto brusco, soltó violentamente a la joven, cuyo cuerpo cayó como un muñeco sin vida. Luego, con un salto imposible, ascendió hasta la azotea de un edificio de tres pisos. El sonido del impacto en el tejado resonó como un trueno apagado.
Luciano pasó de la sorpresa al estupor. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo, temblando, incapaz de comprender lo que había presenciado. El silencio del callejón era absoluto, salvo por el eco de su propia respiración entrecortada. A unos metros de él, el cadáver de la joven yacía inmóvil, con los ojos abiertos y vacíos.
Esa noche, Luciano entendió que Abisso no era solo una ciudad habitada por personas. Había algo más, algo que se ocultaba en la bruma y en las sombras. Y muy pronto, descubriría que los secretos de Abisso estaban más cerca de él de lo que jamás hubiera imaginado.












