Luciano tenía veinticinco años y vivía desde siempre en Abisso, una ciudad pequeña de Italia que parecía guardar secretos en cada piedra húmeda de sus calles. Trabajaba reparando artefactos electrónicos en una tienda especializada, y aunque sus compañeros lo apreciaban, él seguía siendo callado, tímido, sin amigos propios. Esa noche aceptó acompañarlos al pub local, más por compromiso que por deseo.
El bullicio del lugar lo abrumaba. Entre risas y vasos chocando, decidió salir por la puerta trasera para tomar aire. Afuera, la noche era espesa: no había luna, y una bruma densa cubría el callejón como un sudario. El farol más cercano parpadeaba, apenas iluminando la humedad que se deslizaba por las paredes.
